
Como advertíamos en el anterior post, se trata de un episodio del Nuevo Testamento. Una parábola que se puede encuadrar dentro de las "escatológicas", que nos recuerdan el fin de los días, y los lugares a los que irán los elegidos, por un lado, y los condenados, por el otro.
En esta ocasión, hemos elegido la parábola de Lázaro y el rico Epulón (Lc, 16: 19-31). El Evangelio dice que había un hombre rico -Epulón- que continuamente daba banquetes y fiestas en su casa, sin hacer caso alguno de un pobre llamado Lázaro, que se encontraba echado a su puerta. Pasado el tiempo, y habiendo muerto los dos, el pobre fue recibido en el seno de Abraham mientras que el rico llegó directamente al infierno. Epulón rogó que permitieran a Lázaro acercarse hasta donde él estaba para, con un dedo mojado en agua, refrescarle, a lo que Abraham contestó que, en vida, Lázaro nada había recibido mientras que él, Epulón, había disfrutado de todo cuanto deseó. Finalmente, el rico le ruega que al menos le envíe a casa de su padre para que pueda avisar a sus hermanos y así hagan penitencia. Abraham le contesta que tienen a los profetas, y que si no les escuchan a ellos, tampoco lo harían aunque les hablara un muerto resucitado.
En esta obra podemos ver, en primer término, el banquete de Epulón, mientras Lázaro, a la izquierda, aparece postrado en el suelo y, detrás, su alma se eleva al cielo tras su muerte. Por otro lado, la muerte del rico también se representa, tras el banquete y en una estancia que se vislumbra a través de una ventana, con demonios dispuestos a recoger su alma.
Bibliografía: La Biblia (ed. de Nácar y Colunga); RÉAU, Louis, Iconografía del arte cristiano. Iconografía de la Biblia, Nuevo Testamento, Barcelona, Editorial del Serbal, 1996, pp. 363-368.